Hace unos días hice mi primer vuelo de escuela. 70 minutos al sur del campo, con una toma que valió por cuatro o cinco, a tenor de las veces que toqué en el suelo y me volví a ir al aire. He descubierto una nueva profesión para la que se necesita muchísimo valor y sangre fría: Instructor de vuelo. Dudaría si alguna vez tendré el valor de subirme a un aparato de estos que vuelan porque el manto de la Virgen de Loreto es grande, poniendo mi vida en manos de un irresponsable que no acierta ni una a derechas… al menos durante las primeras 500 horas.
El caso es que este primer vuelo me ha servido mucho para valorar la situación real que hay dentro de un avión de escuela. En ocasiones, los controladores presuponemos que todo el que está en el aire, conoce perfectamente su entorno, domina la máquina que lleva y debe ser capaz de responder a nuestras instrucciones con celeridad y pericia suficiente. Estar en un entorno como este tiene mucha pegas, comenzando por la misma orientación espacial: Al cabo de cuatro virajes, ya no sabes ni donde está el norte, ni el aeropuerto, ni siquiera la línea de costa. Por no tener, ni tienes una apreciación fiable de la distancia a que estás del suelo. A ello se añade que, por muy simple y pequeño que sea un avión, la instrumentación es abundante, toda necesaria y hay que prestar atención a la vez a multitud de información para poder sacar partido a la misma.
Es verdad que ha sido el primer vuelo, ahora llevo dos que totalizan unas tres horas, pero cuando el instructor me dijo que a partir de quince horas ya se suele dar la suelta y el alumno comienza a volar solo, me temblaron las piernas. Por mi parte, a seguir estudiando las listas de comprobación y aprendiendo.
Salud,
P.