El tesoro de sus errores
Jueves, Abril 17th, 2008“El verdadero tesoro del hombre es el tesoro de sus errores” – Ortega y Gasset.
Esto me decía uno de los mejores instructores que he tenido. Siempre lamentaré haber compartido sólo simulaciones con él, nada de tráfico real.
¡Qué cierto es, concho! ¡Pero qué cierto! Esto ya es de mi cosecha, aunque él también exclamaba conchos.
Además de la de Ortega, nos regaló muchísimas perlas más. Eran parte de “su tesoro”, el ahorro obtenido a lo largo de muchos años como controlador que compartía con generosidad.
Y aquí andamos, comprobando una por una sus afirmaciones. Agradeciendo sus consejos y conversando muy de vez en cuando.
Pasaron los años volando y no tardó mucho en llegar mi día. Ahora el instructor soy yo y adopto a mi manera lo aprendido. Encantado con la experiencia, no puedo evitar recordar de nuevo sus palabras: “¿Hasta dónde podemos permitir el error?”
La equivocación, el fallo, el error o como quiera que se llame ese día son condición necesaria para el aprendizaje. Tengo que dejar que el instruyendo “la cague”, pero ¿cuánto?. ¿Dónde está el punto de no retorno hoy? ¿Dónde está?
Si permito que suene la alarma debo tener preparada la enmienda, pero ¿y si en ese momento falla la radio o y si la tripulación no recibe la comunicación a la primera y si se demora más de lo necesario o/y si Mr. Murphy decide sorprendernos?
En cambio, si le aviso de cada conflicto que no ha visto, ¿de qué le sirve? ¿qué obtiene? ¿qué consigo? Quizá sólo faltaban 2 segundos para que lo viera o quizá 4. Pero claro, ya le han hecho estudiar dónde hay que mirar en cada posición. En teoría, ya sabe por dónde atacan los indios aquí. ¿Por qué no lo ha hecho?
Venga, esta vez le aviso y cierro el pico la siguiente. ¿Le aviso o me espero? Me espero dos barridos más. Parece ser que está mirando, utiliza el predictor de conflictos y selecciona las dos trazas radar. ¡Lo ha visto! Me mira. Disimulo. De varias soluciones posibles toma la que menos elegante me parece. Pero va a valer, porque ya es un poco más rico.
Mientras conduzco vuelta a casa, le doy vueltas al tema. A veces, los atascos son grandes momentos de intimidad. Nunca tendré la certeza de haberle avisado demasiado pronto. Lástima que el demasiado tarde no deja lugar a la más mínima duda.
¡Clink! Suena el cofre del tesoro de nuevo.